Raymond Poulidor

A la ciudad había llegado escapado Sanchidrián, un ciclista modesto. Era del Karpy, el equipo que patrocinaba un licor alavés de poca fama. El gregario Sanchidrián, fibroso, abulense y requemado, llevaba recorridos en aquel día de la primavera de 1967 ciento sesenta kilómetros en solitario. Se había escapado a las afueras de Orense y al pasar por Ponferrada iba maltrecho en el cuerpo y quebrado en el ánimo. Luego supe que cuando llegó a Astorga, donde estaba la meta, había perdido casi una hora tras padecer una pájara feroz en el puerto de Manzanal.

Yo me había hecho aficionado al ciclismo el año anterior. Cada tarde estaba muy atento al televisor para ver el reportaje de la etapa. El mejor corredor de España de la época era Julio Jiménez, un relojero de Ávila, flaco y calvo, que parecía un pequeño don Quijote. Dos años después fui a Ávila, y la mayor emoción que encontré allí no vino de sus murallas, sino de la relojería de un tal Ángel, hermano de Julio. Saber que allí trabajaba durante el invierno el mismo heroico escalador que estuvo a punto de ganar el Tour de 1967 fue causa de una emoción sin límites, y de una renovada antipatía hacia Roger Pingeon, el ganador, que fue aupado al podio con el vergonzoso apoyo de todos los ciclistas galos, que hasta le empujaban descaradamente en las cuestas más empinadas.

Al día siguiente de aquel viaje fuimos a Toledo. Y allí me acerqué a la tienda de bicicletas de Federico Martín Bahamontes. Como no me atrevía a entrar, esperé en la calle. Poco después salió él por la puerta. Tenía entonces el corredor unos cuarenta años y prácticamente el mismo aspecto con el que, una década antes, había ganado el Tour. Cuando vi a Bahamontes, que me sonrió, yo creí estar en la cima del Alpe d´Huez. Tal vez más arriba.

A Sanchidrián, que venía muy derrengado, lo cazaron muy cerca de donde yo estaba, en plena rampa de Montearenas. Allí lo engulló el primer paquete del pelotón. Pasaron luego los demás corredores. Muchos iban en fila india, sufriendo por el corto y duro desnivel. Yo tenía una lista con los dorsales de los corredores. Pude identificar así a Valentín Uriona, a Gómez del Moral, a Martín Piñera, a Pérez Francés, a Gabica, a Eusebio Vélez o al lacianiego López Rodríguez. También a Jan Janssen, el maestro de escuela holandés que aquel año ganó la Vuelta a España y al siguiente el Tour. Sin embargo, no encontraba el dorsal más anhelado. El único que pertenecía a un héroe.

Habían pasado ya la mayor parte de los ciclistas. Yo me fijaba obsesivamente en los maillots morados del equipo Mercier, pero entre ellos no veía el que buscaba. Decepcionado y convencido de que Raymond Poulidor había pasado sin que yo lo detectara, escondido en el pequeño pelotón que superó a Sanchidrián, comencé a descender por la cuneta. Había por allí bastantes aficionados. Unos cuarenta o cincuenta metros más abajo venían dos ciclistas, transitoriamente descolgados. Eran del equipo Mercier y el último Raymond Poulidor. ¡El gran Poulidor…! “Poupou” -como le llamaban en su Francia natal- tenía entonces en su palmarés cuatro segundos puestos en el Tour, siempre detrás de Jacques Anquetil. Y siempre por apenas un minuto o dos de diferencia, el breve y decisivo tiempo que tan bien administraba el rubio contrarrelojista normando. Esa repetida fatalidad le daba al moreno Poulidor un aura de grandioso infortunio, que para mí quedaría siempre unido al repecho de Montearenas. Por aquel asfalto berciano había pasado Raymond Poulidor, el corredor que inventó, a su pesar, un adjetivo: poulidor, dícese del que se queda el segundo muchas veces en las competiciones deportivas.

Poulidor estaba allí, era verdad. Recuerdo muy bien el sudor que mojaba su maillot morado, y las dos manzanas rojas que llevaba en el gran bolsillo de la espalda.

CÉSAR GAVELA