Hace muchos, pero que muchos años, era yo redactor jefe de Diario de León y mi director, José Luis Rodríguez, hoy influyente y archifamoso por sus debates del Fórum de Nueva Economía, que convoca en Madrid, Valencia, Sevilla, Coruña, entre otras ciudades, invitó a un entonces joven periodista Fernando Ónega a dar una charla en Ponferrada sobre periodismo y actualidad. Por ese mismo ciclo de conferencias habían pasado otros periodistas nacionales, como Cándido, Emilio Romero o Pedro Rodríguez. Todos maestros del periodismo en los tiempos convulsos de la postTransición democrática. De aquel ciclo conservo la admiración por Ónega y por el fallecido Rodríguez. Periodistas comprometidos, de cuidada literatura, críticos, irónicos, mordaces y siempre libres. Qué tiempos.
Hace unos días asistí en Botines a la entrega del más que merecido título de Hijo Adoptivo de la Provincia de León a Ónega. Por cierto, todo un acierto la propuesta de Martínez Majo, secundada por unanimidad por todos los grupos políticos. Rara unanimidad en estos tiempos convulsos. Le escuché con atención, complacido y con envidia sana. Sigue siendo el mismo periodista de siempre. Alegre, optimista, ocurrente, artesano de la palabra, irónico, sagaz, riguroso, generoso y crítico. Hábilmente crítico. No puede haber un periodista que no sea crítico. Me gustó el canto que hizo a León, a su diversidad, a su pluralidad de gentes y paisajes, a la variedad de su gastronomía, a su compleja trayectoria histórica con altos y bajos, como la vida misma. León es como España, plural, diversa, variada. Una suma enriquecedora, un proyecto en común de gentes muy diferentes. Se pueden cantar más alto los valores de León y de lo leonés, pero no más claro. Un lucense de pro, como Ónega, vino a León a decirnos que creamos en nosotros mismos, que creamos en León. Un gran discurso. Recupérenlo de las redes sociales o de la web de Onda Cero León. Y descubran cómo nos ven a los leoneses desde fuera. Y reflexionen. Es una auténtica inyección de autoestima.
Las palabras de Ónega son, asimismo, un canto a la libertad de expresión. En un momento histórico en el que en España se secuestran libros, se ordenan descolgar cuadros de las galerías de arte, se encarcelan a cantantes de rap, se lleva a los tribunales a los titiriteros, se practica la ley mordaza, se impulsa la autocensura entre la clase periodística, se persigue a convocantes de manifestaciones y se cercena el sentido crítico hacia las instituciones, por muy sagradas que éstas sean, la voz de Ónega sigue siendo un aliento de esperanza, un chorro de aire fresco y una abierta defensa de la pluralidad como base de la democracia. Hay un claro retroceso en la aplicación de la libertad de expresión. Y hay miedo. Pero hay también contrafuertes que resisten esos embates reaccionarios como la palabra de Ónega.
La clase política, incluyendo a todos los partidos, no está dando la talla. Tampoco la clase periodística. Al fin y al cabo un periodista no es un héroe; es sólo un intermediario de la sociedad a la que sirve. Y necesita vivir, bueno, en muchos casos sobrevivir. Por eso, actitudes libres como las de Ónega tienen más valor que nunca. Será la experiencia, el éxito de una trayectoria profesional fuera de toda duda, lo que sabe o lo que calla. Será lo que sea, pero da gusto deleitarse con las palabras de Ónega y soñar que, en el fondo, una sociedad y una profesión mejores son aún posibles.