Él tendría por entonces menos de treinta años y vivía en un ático en la calle Isidro Rueda. Un día llamé a su puerta y me recibió una chica rubia, bella, que parecía de París. También Ángel, en cuanto lo saludé, me pareció de muy lejos. De mundos que se me escapaban, pero que quería conocer. Yo tenía 19 años y era el mes de abril de 1973. La tarde era dulce y me di cuenta enseguida de que estaba alcanzando lo que buscaba sin saber que lo buscaba: estar en un lugar sensible, elegante y distinto. Entre libros y esculturas, cuadros y olor a pintura al óleo.
Lo curioso es que estaba, a la vez, muy cerca. En pleno barrio de la Puebla, apenas a dos calles de la mía, en una manzana donde había una tienda de ultramarinos -Casa Quico- a la que mi madre me enviaba de niño a hacer recados, y tres bares muy castizos: el Azul, el Bristol y el mesón Lugués. Pero luego, cuatro pisos más arriba de aquel escenario tan corriente, quedaba París. Bastaba con llegar al ático de Ángel. Y escuchar lo que me empezó a decir.
Él era de Alinos, junto a Toreno. Ya en el bachillerato había sentido la llamada de la pintura y estudió Bellas Artes en Madrid. Luego, sorprendentemente, eligió desarrollar su vida artística en Ponferrada, algo que se antojaba quimérico. Pero él estaba muy seguro: me lo dijo con total convicción. Ángel quería cumplirse como artista en su raíz. Y, a la vez, ir mucho más lejos que aquella raíz. Pero para llegar lejos necesitaba pisar tierra firme: el Bierzo. Esa fue su elección. También necesitaba estar en su tierra para ir al fondo de sí mismo.
Estábamos sentados en su estudio. La bella chica que me había recibido se fue a otro cuarto, aunque alguna vez volvía. Y yo seguía en París, ciertamente. Porque todo lo que miraba era original, armoniosamente descuidado, también silencioso. Envuelto en una dulzura que yo hasta entonces no conocía. Una dulzura sofisticada, podría ser. Ángel, los cuadros, la chica rubia intermitente, el ir pasando la tarde, la lentitud culta de las palabras del pintor… eran como un néctar, como una música, como un desconcierto. Y yo procuraba mantenerme lúcido en medio de aquel aroma de Francia, por mucho que estuviera situado sobre el vino y las tapas de oreja de cerdo del mesón Lugués. Era otro mundo enteramente.
Hablamos de sus exposiciones, que ya para entonces habían sido muchas; en Madrid, Salamanca, Valladolid, León… Ángel me comentó su desdén hacia el arte mercantilizado, y me dijo que solo pintaba lo que sentía. Él era feliz en su mundo de pintor que vive en una pequeña ciudad del noroeste, que tiene poco interés en el trato con marchantes y galerías y que prefiere ganarse la vida dando clase a personas de diversas edades, y, al parecer, cuanto más mayores, más entusiastas.
Me cautivó su elección de vida. Que me justificó con palabras muy sabias, de hombre maduro; y eso que aún era muy joven. Estaba contento con su camino, que seguiría siempre, aunque su vida sería corta, tristemente. Ángel continuó en la ciudad con sus alumnos, con sus salidas a contemplar la naturaleza, a revelarla de otro modo en sus lienzos. Pero también siguió con sus viajes, porque amaba conocer mundo. Aquella tarde me dijo que acababa de hacer un largo periplo por Europa y me enseñó algunas fotos. En una de ellas, estaba en Atenas, junto al Partenón.
Nunca volví a verle, aunque parezca increíble. Año y medio después yo me fui de Ponferrada, y solo supe de Ángel lo que contaba la prensa:sus exposiciones, o su quehacer en el Instituto de Estudios Bercianos.Y siempre, al fondo, sobrevolando, su sencillaplenitud alcanzada en la tierra natal. Cuando todos los bercianos con ambiciónartística se iban de la comarca, él volvió para quedarse.Y en ella encontró lo que buscaba. Porque sus ojos eran de París. Como su ático. Como su lucidez y su pasión.
CÉSAR GAVELA