Abelardo L. nació en Ponferrada en 1942. Veintiún años después emigró al barrio de Belgrano de Buenos Aires, donde se colocó en una oficina de patentes de la que acabaría siendo de su propiedad. Pero Abelardo L. no solo era un empresario, en realidad eso no le importaba tanto. Lo que él anhelaba, y cumplía, era llevar una vida de aficionado a la cultura, fundamentalmente a las llamadas artes del tiempo. Iba a conciertos de música y a muchos recitales poéticos, una pasión que había conocido en Ponferrada, cuando era muchacho y estudiaba el bachillerato en el instituto Gil y Carrasco.
En América Abelardo L. tuvo amores y escribió versos. Algunas veces también escribía cartas a aquel profesor del instituto de su ciudad natal que le había revelado la belleza de la palabra escrita. Años después, cuando llegó la dictadura del general Videla, volvió a España y se puso a trabajar como socio minoritario de un agente de aduanas de Barcelona.
Abelardo L. empezó a escribir una novela sobre Ponferrada hace unos veinte años. Me lo dijo una tarde de 1998 en la casa de Ramón Carnicer que fue donde le conocí. Desde entonces hemos ido labrando una buena amistad. Abelardo L. es un hombre alto, de pelo blanco, de cuerpo fornido. Un hombre grande que siempre ha sido muy dichoso en el anonimato. Yo le dije hace unos días por teléfono que iba a hablar de él en este artículo y me pidió que no revelara su apellido.
-¿Viajas con frecuencia a Ponferrada? –le pregunté.
-Cada tres o cuatro años. No voy más porque allí no tengo a nadie. Voy a un hotel, doy unos paseos. Miro, medito, vuelvo.
-Te imagino delante del castillo, en la basílica…
-Piso poco la zona antigua: no es la mía. Yo soy de la Puebla, del barrio de los trenes, y eso que ahora allí cambió casi todo. Pero soy de ahí; de la calle Dos de Mayo. Y siempre pienso que, aunque he viajado mucho, casi nunca he salido de ese barrio. ¿Tú me entiendes
-Sí, te entiendo. O creo que te entiendo.
Me interesé después por su novela, de la que me había hablado algunas veces, y me dijo que era su único libro, y que lo sería también.
-Lo terminé este verano. Novecientas páginas.
-¿Y qué cuentas en él?
-Una gran fascinación. La que yo sentí siempre por la Ponferrada de mi infancia, y eso que entonces era tan humilde, tan sencilla…
-¿La Ciudad del Dólar?
-En las casas y familias no era la Ciudad del Dólar. Ese mito corría por los bares, por los prostíbulos… Yo no lo viví. Además, era muchacho.
-¿Y qué cuentas en ese libro?
-La vida. Hablo de luces, de noches, de lluvias, de niños, de mujeres, de palabras que escuchaba por la calle, de mis padres, de los ingenieros de la térmica, de los parques, del fútbol, de los camiones que iban a las minas…
-¿Solo de eso? –bromeé.
-¿Te parece poco?
-Sí.
-También hablo de otras cosas –siguió Abelardo-. De muertes, de ambiciones, de desastres, de plenitudes. La vida.
-¿Y qué es la vida para ti?
-El amor.
-¿El amor? Pero tú has vivido casi siempre solo…
-Accidentes que pasaron. Pero sé que el amor es todo.
-¿Qué amor?
-El único que es amor, al menos para mí. El de la entrega, el sexo… Y la melancolía. Todo eso es el centro de la vida.
-Mucha gente no piensa así. Prefiere centrarse en el poder, en el dinero… En la religión incluso.
-Lo sé muy bien. Pero a mí eso no me interesa. Ni ahora ni nunca. Solo el amor, sus luces y sus sombras. Y las palabras que lo cuentan. O que nos lo cuentan. Desde dentro.
-¿Tu novela sale de dentro?
-Claro. Es un libro de amor. A la ciudad. Pero, sobre todo, es un libro de amores que pasaron en Ponferrada. O que pudieron pasar.
-Hablas como un maestro.
-Solo soy un niño de setenta y muchos años.
-¿Estás enamorado?
-Sí. Y por eso me importa poco publicar el libro o no publicarlo. Tengo lo único que me importa.
Luego escuché al fondo la voz de una mujer. Parecía joven. Y ya nos despedimos.
CÉSAR GAVELA